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La paradoja de la fiesta de los Nobel, artículo de la escritora sueca Lena Andersson

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La sueca Lena Andersson es autora del libro ‘Apropiación indebida. Una novela sobre el amor’. Lena ha sido crítica literaria del diario Svenska Dagbladet y escribe columnas de gran éxito y polémica para el Dagens Nyheter, el periódico sueco de más renombre, y para la revista Fokus. ‘La paradoja de la fiesta de los Nobel’ es uno de sus artículos.

‘La paradoja de la fiesta de los Nobel’

El rol de la feminidad es incompatible con el Nobel. La fiesta de los Premios Nobel escenifica aquellas estructuras ligadas al género que constriñen al ser humano.

Cada año en el banquete de los Nobel surgen las preguntas de por qué tan pocas mujeres obtienen el galardón y de qué es lo que se debe hacer al respecto. Se pueden barajar varias razones, como que hay factores biológicos que hacen que la mujer sea menos capaz para el pensamiento abstracto y racional que los hombres; o que estos oprimen a las mujeres y las excluyen. Yo me figuro que la respuesta a la pregunta más bien se manifiesta durante la propia celebración. El banquete de los Nobel viene a erigirse en un epítome del problema que año tras año se afirma querer resolver. El banquete de los Nobel constituye el apogeo anual del teatro de los géneros. Cada sexo en su sitio y la igualdad en suspenso.

Ser hombre o mujer es un hecho biológico, pero sobre todo supone dos patrones esperados y más o menos vinculantes de conducta y de autopercepción. Tanto las mujeres como los hombres se ayudan mutuamente a delimitar y a no perder de vista las fronteras de género, así como a cerciorarse de que cada sexo se mueve dentro de estas. (Este es un diagrama esquemático: en la realidad actual, las fronteras son por fortuna más difusas.)

Lo que se exige de un premio Nobel puede decirse que es lo contrario de lo que el rol de género exige de una mujer. Representar al cien por cien el papel de fémina supone eliminar deliberadamente las partes de una misma que pueden conducir al Premio Nobel.

La fiesta de los premios que se retransmite por televisión es una especie de versión estilizada de la sociedad, solo levemente agrandada y caricaturizada, como suele ocurrir en el teatro.

Imaginemos ahora que a la fiesta acuden igual número de mujeres y hombres. Comparemos también el número de horas que cada uno de los sexos dedica a su aspecto antes de la gala: arreglarse para acudir al banquete pasa por la elección y adquisición del vestuario, la elección y adquisición del calzado, sesiones de maquillaje y peluquería, manicura, pedicura, limpieza de cutis, depilación, exfoliación, adelgazamiento. No queda tiempo para mucho más cuando la extremada feminidad ha de salir a escena. Se trata de un papel muy exigente.

A esta inversión de tiempo ha de añadirse la rémora mental que el rol de género entraña al prescribir el comportamiento femenino. La mujer ideal es suave, amable, discreta, no piensa demasiado, se autodisminuye, cuida del hogar y la familia, acompaña con lealtad a su marido. (Esto no significa que las mujeres se comporten así, solo es lo que el rol decreta.)

Dado que estas expectativas y esta distinción típico-ideal entre los sexos llevan mucho tiempo incorporadas al inconsciente colectivo ¿lo que conduce a muchas mujeres a autoreprimirse y a reprimirse entre ellas de manera recíproca con la anuencia y apoyo de los hombres?, la predominancia del sexo masculino entre los galardonados es una consecuencia lógica y más que lógica.

Uno de los pasos más importantes hacia un mundo de individuos más libres y hacia una distribución uniforme de ganadores y ganadoras del Premio Nobel puede ser la liberación de dichos individuos de la cárcel a la que los confinan los roles de género. Pasos transgresores se toman continuamente, lo que demuestra que es posible bajarse del escenario, pero ello tiene un precio, y tanto las mujeres como los hombres se ven obligados a relacionarse con la representación, aun después de haber abandonado la escena.

Que las bodas reales nos conduzcan de nuevo al siglo xix no es de extrañar, pero lo que resulta chocante es que el banquete de los Nobel escenifique esas estructuras ligadas al género que constriñen al ser humano. Es todo menos inofensivo que las mujeres en este glorificado evento deban representar con exactitud el papel de la feminidad, cuyos rasgos característicos obstaculizan precisamente el paso a lo que la fiesta celebra, esto es, los logros intelectuales.

Uno no puede lamentarse de la ausencia de mujeres en las élites investigadoras y luego aplaudir la imposición de unos roles de género que con toda probabilidad constituyen la causa de eso que se deplora.

Trazar fronteras entre los sexos es en general innecesario. Una delimitación tal en función del género nos hace conscientes de las diferencias y las magnifica en nuestras representaciones mentales. Las diferencias, más pronto o más tarde, acaban desembocando en unas maquinales sobre- y minusvaloraciones, respectivamente. Llegaremos a ser lo que se espera de nosotros, o bien tendremos que luchar para desviarnos de ese patrón.

De las imágenes de televisión se infiere claramente que el peinado de la reina ha requerido mucho más tiempo que el peinado de la catedrática de Física encargada de pronunciar un discurso en la ceremonia de entrega de los premios. El rey, sin embargo, no ha dedicado más tiempo a su pelo que los distinguidos con el Nobel de Física.

Veamos este ejemplo anecdótico simbólicamente. La reina representa a la perfección el papel de la feminidad: se puede acudir a su figura para ver qué es lo que se espera de una persona nacida mujer. Una catedrática de Física, en cambio, se ha distanciado bastante de las pautas prescritas para su sexo, aquí condensadas en el peinado, mientras que el rey ha dedicado casi tan poca atención a su aspecto como los ganadores del Nobel de Física.

El rey y la reina se hallan los dos igual de lejos de una cátedra de Física. Sin embargo, entre el rey y los físicos varones no hay ninguna diferencia en lo tocante al arreglo personal antes de la fiesta; existe, en cambio, una diferencia palpable entre la reina y la investigadora femenina. Las mujeres que quieren dedicarse en serio a la Física tienen que distanciarse considerablemente y de forma activa de ese guion dictado por el rol de género.

Los hombres no necesitan hacerlo; antes al contrario. Ejecutar en toda su amplitud el papel de la masculinidad implica realizar grandes hazañas y obtener el Premio Nobel. Desarrollar el rol femenino en toda su extensión significa ser madre, llevar vestidos de noche y lucir complicados peinados.

Todo esto tiene unas consecuencias. Por consiguiente, en nombre del progreso científico, la fiesta de los Nobel debería reflejar una sociedad más libre, en vez de ofrecernos, una vez más, el espectáculo de la cárcel de los géneros.

Lena Andersson

Traducción de Martin Lexell y Elda García-Posada

Fuente: MegustaLeer


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